
Mi hermano Gustavo y yo estudiábamos en el colegio "La Salle", de Teruel. Tendríamos siete u ocho años; nos llevamos once meses. No teníamos ninguna malicia (aún) y aprendíamos rápido. De lo primero que aprendimos de los compañeros de colegio fue la palabra "cojones", que como bien nos indicaron, se refería a las partes pudendas que todos los niños teníamos. ¡Perfecto! una cosa más que ya sabíamos.
Poco tiempo después, jugando un partido de fútbol, mi hermano recibió un balonazo ahí mismo. Yo debía andar cerca, pues recuerdo que estaba retorciéndose de dolor, y como hermano mayor, estimé que debíamos contárselo al hermano Miguel para ver si le daba algún remedio que le aliviara. Por si no lo sabéis, La Salle en esa época era un colegio de sacerdotes, muy celosos de la enseñanza cristiana, y alguno de ellos tenía muy a gala el lema de "La letra con sangre entra". Especialmente el hermano Miguel.
Ese día, era el que estaba de vigilante en el patio. Pues allá vamos. Los dos hermanos cogidos de la mano a buscar consuelo con el hermano Miguel. No sé porqué habló el, pero recuerdo perfectamente las palabras que dijo mi hermano Gustavo: -hermano Miguellll, hermano Miguellll, me dueeeelen los cojooones. En ese mismo momento se nubló el sol. No sé si fue porque la sotana del hermano Miguel nos tapó su visión, o porque habiendo entrado en modo púgil nos caían golpes por todos los lados.
Cierto es que el dolor que traía mi hermano se le pasó al instante con el método "molinete" del hermano Miguel, pero desde entonces, adquirimos cierta animadversión a los curas, especialmente Gustavo, pero os aseguro que no volvimos a emplear esa palabra en según qué circunstancias.