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jueves, 1 de diciembre de 2016

El tobogán

Vivíamos en Teruel en la  Ronda del 18 de Julio. Creo que es la que se llama ahora Ronda de Ambeles. Circunvala el casco antiguo y está situada encima del barrio de San Julián, es decir que existe un buen desnivel entre la calle y el barrio citado.


En esa época estaban construyendo la nueva estación de autobuses justo en frente de casa, y una tarde que estábamos jugando en el barranco (hoy estaría prohibido por el defensor del menor) descubrí algo maravilloso: ¡un tobogán gigante!
Se ve que el constructor de la estación había decidido echar ladera abajo todo el asfalto que le había sobrado. Sí, ecológicamente no era muy correcto, pero para mí era perfecto: un desnivel de 40 metros con una lengua de asfalto que bajaba casi hasta el final.  Lisa, perfecta para deslizarme. Probé. Solo me senté en lo alto del barranco y me di cuenta que el asfalto no deslizaba bien, e incluso me raspaba las piernas y el culo. ¡Benditos pantalones cortos!
Vale. No era el tobogán perfecto, pero estaba ahí y no iba a desaprovecharlo.
Piensa, Juan.....
¡Ya está! Un trineo, claro, como no se me había ocurrido antes. De madera descartado, ni sabría hacerlo ni había a mi alcance en esos momentos.
Pero eso que hay en el fondo me valdrá: una caja de cartón, de un nevera creo que era. La corté por el lado largo para poder sentarme y, doblando la punta como un trineo, poder sujetarla con los dos brazos para que no me cayera fuera de el. Seguridad ante todo.
Ya estoy listo. Sentado arriba del barranco, el cartón no solo me servía para deslizarme, sino que daba toda la vuelta y me tapaba las piernas. Tenía buena pinta. No perdamos más tiempo. ¡vaaaámonos!
Lo cierto es que me costó que se pusiera en marcha, pero moviendo el culo de lado a lado, empecé a coger velocidad. Pero aún no había estudiado el tema de rozamientos, pesos y cargas, y a los dos metros, más o menos, se me escapó la parte de delante del cartón, por lo que el cartón se quedó atrás y yo continué mi deslizamiento "a pelo". Si bien es cierto, que a partir de la mitad ya fui rodando, pues como acto reflejo, cuando me desollé todas las nalgas perdí el precario equilibrio.
Estuve un mes sin poder sentarme, pero aprendí que no había que confundir el ingenio y la decisión con la insensatez.
Lo olvidé pronto. 


domingo, 13 de noviembre de 2016

Aprendiendo el léxico correcto

                               
Mi hermano Gustavo y yo estudiábamos en el colegio "La Salle", de Teruel.  Tendríamos siete u ocho años; nos llevamos once meses. No teníamos ninguna malicia (aún) y aprendíamos rápido. De lo primero que aprendimos de los compañeros de colegio fue la palabra "cojones", que como bien nos indicaron, se refería a las partes pudendas que todos los niños teníamos. ¡Perfecto! una cosa más que ya sabíamos.
Poco tiempo después, jugando un partido de fútbol, mi hermano recibió un balonazo ahí mismo. Yo debía andar cerca, pues recuerdo que estaba retorciéndose de dolor, y como hermano mayor, estimé que debíamos contárselo al hermano Miguel para ver si le daba algún remedio que le aliviara. Por si no lo sabéis, La Salle en esa época era un colegio de sacerdotes, muy celosos de la enseñanza cristiana, y alguno de ellos tenía muy a gala el lema de "La letra con sangre entra". Especialmente el hermano Miguel.
Ese día, era el que estaba de vigilante en el patio. Pues allá vamos. Los dos hermanos cogidos de la mano a buscar consuelo con el hermano Miguel. No sé porqué habló el, pero recuerdo perfectamente las palabras que dijo mi hermano Gustavo: -hermano Miguellll, hermano Miguellll, me dueeeelen los cojooones. En ese mismo momento se nubló el sol. No sé si fue porque la sotana del hermano Miguel nos tapó su visión, o porque habiendo entrado en modo púgil nos caían golpes por todos los lados.
Cierto es que el dolor que traía mi hermano se le pasó al instante con el método "molinete" del hermano Miguel, pero desde entonces, adquirimos cierta animadversión a los curas, especialmente Gustavo, pero os aseguro que no volvimos a emplear esa palabra en según qué circunstancias.