Vivíamos en Teruel en la Ronda del 18 de Julio. Creo que es la que se llama ahora Ronda de Ambeles. Circunvala el casco antiguo y está situada encima del barrio de San Julián, es decir que existe un buen desnivel entre la calle y el barrio citado.
En esa época estaban construyendo la nueva estación de autobuses justo en frente de casa, y una tarde que estábamos jugando en el barranco (hoy estaría prohibido por el defensor del menor) descubrí algo maravilloso: ¡un tobogán gigante!
Se ve que el constructor de la estación había decidido echar ladera abajo todo el asfalto que le había sobrado. Sí, ecológicamente no era muy correcto, pero para mí era perfecto: un desnivel de 40 metros con una lengua de asfalto que bajaba casi hasta el final. Lisa, perfecta para deslizarme. Probé. Solo me senté en lo alto del barranco y me di cuenta que el asfalto no deslizaba bien, e incluso me raspaba las piernas y el culo. ¡Benditos pantalones cortos!
Vale. No era el tobogán perfecto, pero estaba ahí y no iba a desaprovecharlo.
Piensa, Juan.....
¡Ya está! Un trineo, claro, como no se me había ocurrido antes. De madera descartado, ni sabría hacerlo ni había a mi alcance en esos momentos.
Pero eso que hay en el fondo me valdrá: una caja de cartón, de un nevera creo que era. La corté por el lado largo para poder sentarme y, doblando la punta como un trineo, poder sujetarla con los dos brazos para que no me cayera fuera de el. Seguridad ante todo.
Ya estoy listo. Sentado arriba del barranco, el cartón no solo me servía para deslizarme, sino que daba toda la vuelta y me tapaba las piernas. Tenía buena pinta. No perdamos más tiempo. ¡vaaaámonos!
Lo cierto es que me costó que se pusiera en marcha, pero moviendo el culo de lado a lado, empecé a coger velocidad. Pero aún no había estudiado el tema de rozamientos, pesos y cargas, y a los dos metros, más o menos, se me escapó la parte de delante del cartón, por lo que el cartón se quedó atrás y yo continué mi deslizamiento "a pelo". Si bien es cierto, que a partir de la mitad ya fui rodando, pues como acto reflejo, cuando me desollé todas las nalgas perdí el precario equilibrio.
Estuve un mes sin poder sentarme, pero aprendí que no había que confundir el ingenio y la decisión con la insensatez.
Lo olvidé pronto.

